Soltaron al dragón

Según las épocas -o las modas, que entre los chinos no duran una temporada sino un par de siglos- al extraño que venía al mundo solo, o lo hacían emperador o lo despeñaban desde lo más alto de la Gran Muralla, otro exceso.

Y no sólo eso. Porque los chinos, tanto como suman, restan. Hasta el acto más privado e individual -la consabida muerte- entre ellos suele ser disuelto en esos siniestros ejercicios prácticos de estadística -otro invento chino- que son las catástrofes y los partes de guerra: quinientos dos, doscientos ochenta, cuarenta y cinco, meras cantidades de chinos menos. Terremotos, exabruptos del mar, de los vientos o del Ejército suelen encontrar múltiples chinos en su camino desmadrado. Nadie muere solo. Incluso, cuando deciden que alguien es único -como el Emperador, por ejemplo- lo aíslan alevosamente en una ciudad vacía para poder verlo bien, reconocerlo. No obstante, llegado el momento y si lo dejan, ese elegido a salvo de avatares colectivos se hará acompañar al Otro Lado, se inventará una guardia desmesurada de figuras de terracota en tamaño natural que centenares de años después millones de chinos visitarán en el populoso museo.

Otro dato asociado a los chinos es la indiferenciación. La aparente uniformidad (la prejuiciosa idea de que son todos iguales) es resultado -deseado o no- por un lado, de su proliferación (son tantos que, vistos todos juntos, parecen iguales) y por otro, del punto de vista del observador. La ecuación es simple: cuanto más son y más distante es el punto de observación, más fácil es encontrar elementos comunes en que sustentar el parecido. Es lo que le sucede a quien se queda un rato ante la puerta de un hormiguero; es el problema de los extraterrestres que nos observan desde hace milenios. Claro que en el caso de los chinos (moda Mao mediante), éstos han hecho un verdadero culto de la uniformidad, y el uniforme, se sabe, es lo más parecido a la piel. Si los humanos anduviéramos desnudos y sin peinarnos ni cortarnos el pelo seríamos mucho más parecidos, es decir, indiferenciados. Los chinos se visten como si se desnudaran.

Lo notable es que siendo tantos y tendientes a parecer uno, los chinos hayan inventado un idioma que no aspiraba a dar cuenta de la generalidad sino a describir lo único e irrepetible. Originalmente, como el sistema escritural de los antiguos centroamericanos, el chino no es un acotado repertorio de signos fonéticos sujetos a reglas de combinación, sino una serie infinita de ideogramas, prácticamente inagotable, como la mismísima experiencia. Así, el chino conoce su idioma como quien conoce gente, va sumando caracteres a lo largo de su vida y también se supone que los olvida con el tiempo. Rodolfo Walsh escribió alguna vez un texto humorístico sobre la capacidad restadora de los orientales que, una vez olvidado dificultosamente el chino, pasaban a anotarse palabras en contra, y olvidaban también el japonés, el coreano y todo lo que (no) se les pusiera a tiro de memoria.

En la Parábola del palacio, Borges dice que el emperador y el poeta caminaron por una galería tan larga que aunque la primera columna era amarilla y la última púrpura, al recorrerla era imposible darse cuenta del cambio, tan sutiles eran las modificaciones del color y tantas las columnas.

Tanto la concepción de semejante idioma como la construcción de un palacio tal indican la vocación por la desmesura. Una rigurosa desmesura. Multitud y uniformidad serían así sólo dos aspectos de un rasgo chino abarcador: la idea de infinito. El chino tiene la conciencia del infinito y sus gestos extremos tienden a conjurarlo o reproducirlo. Construir una muralla literalmente interminable y ordenar quemar todos los libros como hizo el emperador amarillo -el ejemplo es también de Borges, claro- son milenarios testimonios de ese afán de absoluto. Emprender la La Larga Marcha o desencadenar la Revolución Cultural, fabulosos ademanes colectivos de la utopía roja de anteayer. Los chinos siempre compraron infinito. Cómo no iban a prenderse entonces con Internet.

Pero no es fácil. Quien haya visto un combate de sumo puede tener una idea gráfica de los términos en que está planteada la relación -el combate, la proporción de fuerzas- entre las dos magnitudes: China e Internet. O más precisamente, en un combate previo o preliminar, entre el Estado chino y los gigantes informáticos. En principio, el modelo espacial chino entra en colisión con el modelo no-espacial de la Web. Es decir: el luchador de sumo no se encuentra con un corpóreo adversario al que debe controlar e inmovilizar sino con un viento desatado al que sólo puede, cuando puede, fijarle corredores y medidores de velocidad. Y este ajuste no es ni tampoco será fácil.

En la parábola sobre el hiperdesarrollo de la cartografía, la perfección se alcanzaba en la fantástica coincidencia del mapa más exacto con la superficie total del territorio. Acaso en el imaginario de las autoridades chinas haya algo parecido a eso cuando piensan en el uso de Internet. La saturación sí, pero sin desbordes. No es ése, por supuesto, el modelo topológico de la Web, concebida como espacio infinito de cruce y circulación, que no desborda tampoco, pero porque no tiene orillas ni bordes… Hay una imagen en la iconografía china que se corresponde bien con esa fuerza soberana, celeste, perversa e incontrolable (o perversa por incontrolable): el dragón alado de aliento de fuego. Bien: un dragón -o varios de ellos o, en su defecto, uno de varias cabezas- sobrevuela el ciberespacio chino. Y no hay quien los pare. Así, al gobierno chino -a la mentalidad china, al universo chino- se le caen sobre la cabeza y desde el abismo celeste, dos cuestiones, dos dragones de desaforada importancia. Uno tiene la cara de Bill Gates y asoma por la ecuménica ventana de Windows. Porque no sólo la Justicia norteamericana está preocupada por Microsoft, el gigante informático, esdrújulo y monopólico. En China también hay temor. Un reciente informe del New York Times fechado en Shanghai daba cuenta de la situación: las computadoras que manejan todo en China, desde bancos hasta el buzón de e-mail del presidente Jiang Zemin, funcionan con el sistema operativo de Windows. Y lo que es peor: el sistema fue programado por traidores técnicos taiwaneses que incorporaron alevosos mensajes anticomunistas… En un país que promete convertirse hacia finales del 2001 en el tercer mercado mundial de PCs (equívocas iniciales indisolublemente unidas al destino y la cotidianeidad de la China contemporánea), la cuestión es clave.

Por eso las autoridades chinas ven con desconfianza esa creciente dependencia de Windows (la viven como dejar en manos de un potencial enemigo la llave de su cada vez más informatizada economía) y están dispuestas a romper el monopolio. Claro que no lo harán en los tribunales sino en el mismo mercado y apoyando al Linux, un sistema operativo diseñado en 1991 por un universitario finlandés que se distribuye gratuitamente a quien lo solicite. El enojo chino hacia la empresa del ecuménico Gates se encendió el año pasado cuando se encontró en el Windows la llamada NSAKey (“Llave” de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos), que entre otras faenas se encarga de rastrear y recopilar señales electrónicas de Inteligencia de todo el mundo. La torpeza del Departamento de Relaciones Públicas de Microsoft para desbaratar los fantasmas, paranoicos o no, de las autoridades chinas, le allanó el camino a Linux. “No queremos que una sola compañía monopolice el mercado de software”, aseguró Cheng Chong, viceministro de Industrias de la Información, que monitorea con celo oriental la producción de computadoras en China. “Con Linux podemos controlar la seguridad y nuestro propio destino”, se entusiasmó. Porque ya “no hay garantías de que en Windows no haya puertas traseras”, desconfió Liu Bo, un ex ejecutivo de Microsoft que ahora trabaja para Red Flag (¡sic!), una empresa china creada para diseñar software sobre la base de Linux que cuenta con el respaldo de nada menos que el hijo del presidente Jiang, Jiang Mianhang.

El deterioro de la imagen de Microsoft en China devino, sin embargo, con la introducción del sistema Windows 95 en idioma chino, programado para que en el monitor aparecieran referencias como “comunistas bandidos” o “recuperemos el continente”. Beijing entró en cólera cuando se enteró de que Microsoft había usado programadores taiwaneses para armar el sistema y exigió a la empresa que usara profesionales chinos para arreglarlo. Pero hay cosas que, más allá de la voluntad del omnipresente Estado chino -con Microsoft o con Linux- no tienen arreglo: el control oficial de la información se desmorona. El otro dragón supuestamente amenazante que sobrevuela el inmenso territorio tiene los infinitos rostros de todos los chinos, el chino, como habría dicho Cortázar.

En una metáfora trivial, muy transitada, se dice ya que “Internet derriba la Gran Muralla”. Tal vez no tanto, pero hay rajaduras. “Sus grietas arrancan, por ejemplo, de un pequeño departamento de un sucio suburbio al norte de Pekín donde una joven se sienta frente a su PC”, dice Michael Sheridan, de The Sunday Times, que pasa a explicar el proceso: “Click. Aparece en pantalla el servidor local de Internet, cuyo contenido está sujeto (en teoría) a la aprobación de los censores del PC (Partido Comunista, en este caso). Doble click. Se abre un camino hacia un site que enlaza con grupos de conversación chinos del mundo entero. Otro click. Por la pantalla se desplazan insultos, expresiones de ira o abiertamente subversivas… La joven usuaria anónima confesará: ŒSi bloquean un site, no intento entrar en él. Pero siempre se encuentra el modo de soslayar las restricciones formales¹”.

La revolución online se propaga en China con tal rapidez que ni el gobierno ni la industria pueden prever sus consecuencias. Las compañías que operan en Internet calculan que hay diez millones de abonados -la población china es de 1.200 millones- y que el número de usuarios con cuentas se duplica cada seis meses. En una sociedad sometida por añares al control estatal, la irrupción de la información instantánea y la libertad de palabra online producen un vértigo embriagador en el que no pocos quieren y pueden zambullirse. Cuando Microsoft desarrolló la tecnología que permite al usuario escribir en su PC con caracteres chinos, todo estalló. Así, los consabidos jóvenes magos de la computación que nunca faltan -y en China no falta nada, sobra todo- se adelantaron a la policía de los mandarines cibernéticos estatales. Hoy hay “miles de grupos de conversación y sites sobre cualquier tema, desde estadísticas económicas hasta la vida de lesbianas y gays. Algunos están bloqueados, pero es imposible vigilar todos”, explica un usuario con los ojos aún más empequeñecidos por la prolongada e hipnótica contemplación de la seductora pantalla. Alguna vez, en tiempos de Mao, el supuesto “peligro amarillo” se graficaba con la posibilidad de que los chinos pudieran conmover al mundo con el solo arbitrio de golpear el suelo todos a un tiempo. Con esto de Internet, las estructuras de la vieja China de apenas ayer pareciera que temen, en cualquier momento, un reclamo unánime de derecho al zapateo.
Juan Sasturain para Isurf Septiembre 2000

Los chinos e internet:
un artículo interesante y con enlaces rarísimos (la China Web Wide, por ejemplo):
www.redestb.es/revista/articulos/china.htm.
Algo de actualidad en China: www.chinaviva.com.
Historia china: la página más completa, llena de curiosidades es
http://elparaiso.mat.uned.es/codigo/historia/china/histo.htm.

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